jueves, 29 de julio de 2010

Los Salieris de Diego



(Por Carlos Polimeni, publicado en Miradas al sur el 18 de julio)


La selección de España volvió de Sudáfrica con su primer título de campeón mundial de fútbol y millones de ciudadanos que sufren una fuerte crisis económica celebraron, en una verbena interminable y contagiosa, que unió tanto a Madrid como a Barcelona, más allá de internas y regiones. La selección de Holanda retornó subcampeona del Mundial 2010 y fue recibida con honores, festejos y tulipanes, sin que importara demasiado que venía de perder su tercera final en la historia, un karma que la perseguirá por décadas. En ambos países hubo coincidencia en el sentimiento entre los reyes, los príncipes, las autoridades políticas, los parlamentarios, la mayoría del pueblo y los periodistas. La selección de Alemania regresó a su país generando una celebración a puro entusiasmo y cerveza bien tirada: el tercer puesto resultó una especie premio consuelo para una patria futbolera que acredita tres títulos mundiales. Y tenía un equipo temible. La selección de Uruguay voló jubilosa rumbo a su paisito, donde el cuarto puesto fue considerado poco menos que una hazaña pese a las dos derrotas en el tramo definitorio. El presidente José Mujica parecía un predicador evangélico entusiasmado cuando agitaba los brazos como aspas vivando a un equipo que se clasificó en el repechaje sudamericano pero luego dio ejemplos de coraje en las canchas del sur de África.
La Selección de Argentina, en cambio, volvió de Sudáfrica con un quinto puesto en la tabla final de posiciones… y medio país, o más, consideró que resulta una barbaridad cualquier tipo de demostración de cariño hacia sus jugadores y su entrenador. Es más, luego de que veinte mil personas recibieran a la delegación en Ezeiza, no faltaron los periodistas que aseguraron que había detrás una operación política, llena de militantes pagos. Lo que la televisión mostraba era bastante diferente –familias del conurbano, caritas ilusionadas, espontáneos a montones–, pero luego muchos ciudadanos repitieron como loros lo que habían dicho esos comunicadores que jamás se sonrojan, así como no pueden mencionar fuentes serias. Para holandeses, alemanes y uruguayos recibir con honores a planteles que lucharon por objetivos que no consiguieron fue un modo de retribuirles el esfuerzo. Para buena parte de los argentinos…Argentina no tiene nada que festejar al término de un Mundial, salvo que vuelva con el título de campeón (lo que sólo ocurrió dos veces en ochenta años, una de ellas cuando el certamen se jugó de local, durante una dictadura militar).
Lo más curioso del asunto es el modo esquizofrénico en que se comportan un porcentaje importante de periodistas y medios de comunicación. Trataron de manera hipercrítica al equipo y al entrenador en las vísperas de la competencia, luego, cuando la cosa parecía venir bien se transformaron en una máquina de darles manija y más tarde regresaron a sus posturas de feroces cuestionadotes, porque se había producido una derrota dolorosa. Con el diario del lunes en la mano, definió alguna vez Daniel Passarella, es muy fácil saber de fútbol. No es que los analistas políticos o los consultores económicos sean muuuucho más serios, pero la verdad es que ese periodismo está preso de una bipolaridad que asusta, porque ni siquiera está asumida. En circunstancias excepcionales, como un Mundial, muchos periodistas deportivos argentinos se portan como energúmenos, en el sentido que Roberto Arlt le dio a la palabra al retratar el accionar de los hinchas irracionales, cierta vez que se le ocurrió hacer una de sus Aguafuertes concurriendo a un partido entre Argentina y Uruguay, en el Viejo Gasómetro, en 1929.
Es verdad que en el fútbol las derrotas no se celebran y que por siempre llevaremos en las retinas y el alma el 0-4 frente a Alemania. Pero lo que la enorme cantidad de gente que no quiere empalar a nadie por lo que ocurrió en Sudáfrica ha concretado, de manera inconsciente o consciente, es una evaluación serena, que contempla el desastre del partido con Alemania, pero le suma los cuatro triunfos previos, y las sensaciones que hasta allí generó el equipo. Si la AFA le acaba de proponer a Diego Maradona contrato hasta después del Mundial Brasil 2014 es porque la evaluación de los dirigentes es semejante. Y eso no significa que el cuerpo técnico no haya cometido errores, que los tuvo y evidentes, sino una apuesta a un proyecto cuyos méritos están a la vista. Argentina no llegó a las semifinales –muchos futboleros creen que ése es el destino natural en un Mundial– porque se topó con los alemanes jugando el partido de sus sueños. Uruguay sí lo hizo porque, en la misma instancia, se encontró con un equipo de Ghana que erró un penal en el minuto final del juego. Argentina debe replantearse varias cosas con vistas al futuro, pero lo que ocurrió no fue la debacle que nos quieren vender, sin ninguna inocencia.
Sobre el destino natural de grandeza, conviene recordar que en los diecinueve Mundiales disputados hasta aquí desde 1930, Argentina llegó a las semifinales en apenas cuatro, superándolas en todos los casos con éxito. Ganó dos de las cuatro finales que jugó (una aquí con Videla, Massera, Agosti y Lacoste en el palco vip y la otra en México ’86) y perdió las dos restantes. Fuera de eso, sus mejores actuaciones son tres quintos puestos: en Inglaterra 1966, en Francia 1998 y ¡en Sudáfrica 2010! En cuanto a Maradona, que fue convocado de urgencia por la AFA en el tramo final de las eliminatorias, cuando su antecesor no daba pie con bola, las estadísticas dicen que como entrenador de la selección ganó el 75 por ciento de los puntos que disputó. Bajo su mandato, veinticinco partidos, el equipo ganó 18 veces y perdió siete, sin ningún empate. ¿Saben cuál es el porcentaje de puntos de la gestión de Alfio Basile? El porcentaje es del 57 por ciento. ¿Saben cuál es el porcentaje de puntos durante el mandato de José Pekerman? El porcentaje es el 62 por ciento. ¿Saben que puede decirse cualquier cosa de Maradona menos que no sabe de fútbol, si se tiene en cuenta que se trata del que para la mayoría fue el mejor jugador de la historia? Saber de fútbol, todo un tema, supone entender de jugadores, esquemas, entrenamientos, tácticas, concentraciones y estrategias, pero también tener claro que, a veces, se pierde. Hay muchos que creen saber de fútbol pero no aceptan con hidalguía una derrota, una mala tarde, un partido desafortunado. La culpa, para ellos, siempre la tiene el árbitro, la AFA, la Fifa, el nueve, el entrenador, su madre.
Claro que hay otra posibilidad latente. La posibilidad es que le peguen a Maradona, que siempre tendrá frentes abiertos, no por lo que pasó en Sudáfrica, sino porque parece contar con el respaldo del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, cuya gestión apoyó en un momento clave de la Argentina reciente, el de la desmonopolización de las transmisiones televisivas de fútbol. De ser así, la manipulación de la opinión pública sería aún más grosera: esos periodistas obsecuentes con los dueños de sus empresas pero feroces con un equipo de fútbol y sus responsables, serían meros operadores, más o menos informados, más o menos carismáticos, más o menos encubiertos, de un poder al que jamás mencionan, pero que los vigila, los contiene, los premia, y llegado el momento, hasta los castiga. Se ensañan con un hombre apenado por un traspié deportivo para ser los mejores empleados del mes de julio de los dueños de unos medios que no dudarán treinta segundos el día en que deban ponerlos de patitas en la calle. No saben que las empresas pueden ser, a veces, turbios hoteles transitorios. O lo intuyen, pero tienen tanto miedo a rebelarse contra el poder –que no habla porque para eso tiene diarios, radios, páginas de internet, canales y marionetas– que quedaron metidos en un brete, como novillos imposibilitados de dar marcha atrás. Comportándose así son ellos los que dan lástima, tristes Salieri sin música propia. Maradona tuvo, tiene y tendrá el cariño de millones de personas en el planeta entero. No necesita de las cámaras: son las cámaras las que necesitan de él.